“Un rincón de esperanzas”

 

— ¿Te imaginas qué puede sentir un niño de siete años, cuando su madre lo entrega a alguien que no conoce? Por dura que sea la situación familiar, cuánto llanto, dolor, sueños rotos; a esa edad se entiende todo, se tiene conciencia del significado de la familia, amor filial, mamá, papá, hermanos; es algo que de solo pensarlo me duele–, así me contaba Samuel, con los ojos húmedos, mientras arreglaba mi frigorífico colapsado, no me miraba, quizás para que no descubriera las lágrimas en sus ojos, este joven y buen padre, que goza de buena fama dentro de nuestro grupo de amigos, por ser el “manos de oro”.
Me hablaba de la Casa Cuna de la Villa de Ayamonte, hogar reparador de sueños y esperanzas de cientos de niños, que por muchas razones fueron dejados allí por años. Samuel, amante de la historia de su terruño es un gran conocedor de sus leyendas.
Hay quienes dicen que en la tranquilidad de las noches de la calle Galdames, cuando pasan por su antiguo portón, aun se escuchan llantos, cargados de dolor, de niños, pidiendo a gritos a sus madres que no los dejasen. Perdían inmediatamente sus nombres, para convertirse en números, sin embrago, todos los que por allí pasaron, llevan en el alma el cariño y el amor que les dieran Sor Victoria y Sor Isidora, dos monjas que supieron asumir su papel de madres y arquitectas de almas rotas, y hacer de todos ellos sus hijos, y personas de bien. No se pueden olvidar tampoco las familias y mujeres que acogían a esos niños los fines de semana, en su gran mayoría familias portuguesas, todas ellas también contribuyeron a devolverles la esperanza y hacerles ver que un futuro mejor, y en familia, es posible.
Samuel hizo una pausa, y mirándome fijamente dijo: –y los padres ¿cómo habría sido para ellos cuando esa gruesa puerta de madera se cerraba, quedando del otro lado ese pedacito de ellos, que no les pidió que lo trajeran al mundo, que confiaba en ellos, que eran lo único que tenían, y ahora lo abandonaban, confiándole su destino a otros?, ¿cuántas historias que no se escribieron, encuentros y desencuentros, qué cantidad de niños, hoy hombres y mujeres, encontraron tras las gruesas paredes de esa Casona, de patio andaluz, con fuente, el camino para hacerse de un oficio de carpintero, panadero, herrero, u otro? ¿cuántos recuerdos salen a la luz en cada acostumbrado encuentro entre ellos, como hermanos auténticos, pues la vida, más que uno o dos, les dio muchos hermanos, y hoy se reconocen como tal–.
En esa antigua Casa Cuna de Ayamonte, niños como Rocío, María, Ángel, Jesús, u otros, encontraron el amor y los sueños que creyeron perdidos, y hoy felizmente, pudieron convertir en sueños, lo que un día fueron pesadillas; hoy ya padres, madres, o abuelos, pasan por su colosal portada sin el temor de que allí los dejen, y más que sentimientos de odio por su pasado, prevalecen los de amor y gratitud por el techo que les brindó, y todo lo que les aportó para llegar a ser las personas que hoy, sin ningún tipo de vergüenza y con total orgullo, reconocen ser hijos de la Casa Cuna de Ayamonte, “un Rincón de Esperanzas”.
Samuel miró tranquilo a sus hijas Cristina y Sofía, que felices jugaban con sus muñecas, sé, por lo mucho que lo quiere y extraña, que también pensó en Samuelito, su hijo varón, y en que afortunadamente hoy la villa tiene muchas nuevas historias que contar.
En el patio andaluz de la vieja casona, corren y ríen niños con sus seños, esperando las doce del día para que papá, mamá o abuelos, pasen a recogerlos.

Erasmo Lazcano López
Máster en Ciencias.

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